Magia y Materia – Escuela EIVIDA

No puedo evitar ser grandilocuente. Muchos años contando historias, han forjado una máquina cerebral de metáforas, símbolos y eso me lleva a dar respuestas un poquito… en fin… que me escucho a mí misma y me digo: “nena, ¿qué haces tú, siendo de Albacete, hablando cual Oráculo de Delfos? “O sea, que no te entiende ni el Tato (que no sé tampoco quién es el pobre Tato, pero da mucho juego, como la Loles o la Cirila o la Bernarda y sus órganos sexuales).

El caso es que cuando me preguntan que qué narices está pasando… lo que me sale responder es que ahora sí, aunque esto no es nuevo, estamos ante una decisión: decidimos entre la materia y la magia. La materia es para mí: la seguridad, la economía, el clan y la estructura que la sostiene, la sociedad, la religión… una religión transformada en una ciencia que lo sabe todo, aunque no sepa nada, que te asegura “a ciencia cierta” que tiene las respuestas y cuando empieza a equivocarse no recula, no se disculpa y corrige, sino que sólo va hacia delante en un delirio de confusión cada vez mayor. Una ciencia que no admite cuestionamientos y que, a los que la cuestionan les trata de locos, medievales, estúpidos y peligrosos para el resto. Una ciencia, que concibe el conocimiento de su propiedad y se sitúa al servicio del poder. Una ciencia que usa el miedo y que, a pesar de su aparente modernidad, niega el poder del propio cuerpo y también una evidencia que es incontestable: nuestra propia mortalidad.

Morir está mal, es un fracaso de la Humanidad, es un error. Si hay algo que es un error… que está mal… es fácil entrar en el juego de poder de la culpa y los culpables. Y nuestra sociedad se ha vertebrado desde hace siglos alrededor de este juego maquiavélico… hay inocentes y hay culpables. Y pensar diferente a la masa es situarte inmediatamente en el ojo del huracán de la culpabilidad y la responsabilidad ante los males del mundo. Vamos de modernos y volvemos al feudalismo… llevamos tiempo volviendo al feudalismo.

Por otro lado está la magia. Para mí la magia es el Misterio que hace que cada uno de nosotros se sepa un individuo, con propio conocimiento, propia visión del mundo y que, gracias a que lo sentimos, es posible un pensamiento diverso que no nos separa, sino que avanza en conjunto. Y sí, es un Misterio, tal vez, porque no es un pensamiento, sino un sentimiento, una experiencia de individualidad que te lleva a sentirte conectado con las demás gotas del océano. Porque tal vez somos eso, un océano. Un océano que se siente inmortal, conectado, libre y que confía en la vida. No para no hacer nada, sino para estar atentos a su pulso, a su dirección y entregarse a lo que es verdad para ti y nada más que para ti.

Desde hace siglos las escuelas de conocimiento no separan la vida de la muerte. Porque no hay separación, esa es la magia. Se ha avanzado mucho en acompañar a nacer, se empieza a acompañar a morir, pero aún estamos a años luz de poder hablar de la mortalidad, de la enfermedad, de la decadencia de una manera natural. Y en este tratamiento de la muerte no hay ni un ápice de compasión… sigue estando teñido de culpa, de algo que hemos hecho mal.

Buscar respuestas a porqué morimos o enfermamos es hermoso, pero si nos quedamos en la materia, las normas, las reglas, etc., siempre pondremos el foco en los fallos de la materia (el cuerpo) o en la moral del sistema: no lavé mis pecados, no aprendí lo suficiente, no limpié al clan, no fui bueno, no me cuidé…

Creo, sin embargo, que si nos enfocamos en la magia, en el fluir de un deseo interno de experimentar, de vivir situaciones, de sabernos conectados a algo que no es distinto de todos nosotros y que nos lleva a dónde queremos ir, podemos sentir confianza, entrega hacia la vida y hacia la muerte como parte de la propia vida.

Hace poco vi a mi madre. Casi no me reconoce ya, está en ese momento en el que nos desprendemos del ego y nos preparamos para el viaje. Ese momento en el que hay instantes de suprema lucidez.

Le pregunté si tenía miedo a morir y me dijo que no. Le pregunté que qué sentía que había después de la muerte y salió de ese ensimismamiento en el que está (qué bella expresión “estar ensimismado”) y volvieron sus ojos brillantes y agudos.

“Creo que hay algo más grande a lo que estamos todos conectados, a pesar que, a veces, no queramos estar conectados, pero… lo estamos. Está ahí”.

Mi madre, católica redomada, no nombró a su antiguo dios del clan. Después de estar mirándose a sí misma, habló de algo que le daba verdadera paz, de algo que -al contrario que su antiguo dios- no da miedo. Y desde esa magia me sentí más cerca de ella que en toda nuestra vida. Ya no éramos madre e hija, éramos… Magia y materia.

 

Encarna de las Heras

 

EIVIDA Escuela de Intuición y Vida

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