¿Qué es la adicción? – Oswaldo Velázquez Muñoz

Al mencionar la palabra adicción a cada uno de nosotros nos vendrán una infinidad de significados; muchos de ellos provenientes de la cultura popular (expresada en la televisión) y manifiestos a través de imágenes de personas con un avanzado estado de deterioro físico e intelectual y en situación de exclusión social, fácilmente comparables con los “zombies”.

Si buscamos en la red, para aclarar el concepto, encontraremos en el diccionario virtual una definición que engloba todo el asunto como:

“una enfermedad crónica y recurrente del cerebro”

A mi parecer, aleja al consultante de la problemática y, en el caso de que esté buscando una solución, antes que invitarle a profundizar en el tema, le lleva a negarlo.

Desafortunadamente, el interés por los asuntos de la ciencia o el anhelo por el conocimiento no son virtudes de la cultura contemporánea y, por tanto, la producción de información no se focaliza en la búsqueda de la verdad sino más bien en la creación de una mentira que nos mantenga aletargados; los medios de comunicación, como en la Roma antigua, se centran en dar circo al pueblo.

Desde mi perspectiva, contrastada con expertos en la materia de diferentes ámbitos, la adicción es una condición o un estado que puede afectar todas las esferas de la experiencia humana, como son: la somática, la emocional, la intelectual y la relacional; que se caracteriza por la rutinización de una conducta, que cumple una secuencia, en bucle.

Un patrón que podría expresarse así:

1.- Obsesión: no puedo dejar de pensar en el objeto deseado.

2.- Compulsión: si entro en contacto con ese objeto no puedo parar de consumirlo.

3.- Culpabilización: resultado del exceso, experimento sentimientos de rabia hacia mí mismo.

4.- Negación: pasado el período de culpa y conseguida una aparente estabilización, donde no experimento obsesión, siento una falsa sensación de control y comienzo a fantasear con la posibilidad de consumir con éxito, es decir, obviando las consecuencias negativas de la dinámica en la que me encuentro inmerso; para volver a comenzar a obsesionarme.

Pretender acotar las causas de esta problemática en una enfermedad cerebral no nos permite tener una perspectiva mucho más amplia y, a la vez, compleja de una condición, permanente o temporal, donde la afección neuroendocrinológica puede ser una de sus posibles causas o, tal vez, solamente su efecto.

Para comenzar a poner luz sobre las sombras que envuelven este asunto, debemos diferenciar como mínimo dos escenarios diferentes. Uno, en el que abordamos un problema de salud y, otro, en el que nos acercamos a un asunto relacionado con la ética.

Para hacerlo más fácil expondré un caso real que intenté acompañar en consulta:

Una madre asiste muy preocupada a mi despacho porque ha descubierto que su hijo, de 16 años, fuma marihuana. Antes de poder verle a él, indago respecto a la postura del padre, ya que para poder atenderle requiero de su autorización, al tratarse de un menor de edad. La madre me dice que se encuentra separada del padre y que es mejor que no sepa lo que está pasando ya que podría haber repercusiones económicas para ella, si la custodia del chico se pone en cuestión.

Bajo estas circunstancias, mi propuesta es atenderle inicialmente con ella para intentar acercar al padre y dar una respuesta que integre a todos los miembros de la familia, actuación de riguroso cumplimento cuando se trata de un menor.

Dos semanas más tarde, la madre me llama unos minutos antes de la hora en la que nos habíamos citado para explicarme que no podrá venir a mi consulta porque su hija, de 14 años, no quería levantarse de la cama para ir al colegio porque tenía un grano en la cara y que al intentar persuadirla comenzó a romper todos los objetos de su habitación.

La semana siguiente cuando volvemos a vernos, en nuestra cita semanal, me explica que el comportamiento de su hija es habitual y que se ha enfatizado después de que, en redes sociales, fuera ridiculizada por un amiguito; pero que ese no es el asunto a tratar, que la niña es una caprichosa y que ya se le notaba desde muy pequeña cuando no paraba de llorar en la cuna, solamente porque ella, la madre, siguiendo instrucciones del pediatra no la levantaba en brazos para que aprendiera a quedarse sola.

Siendo fiel al principio deontológico, de que el psicoterapeuta sólo ha de tratar los asuntos que el cliente requiera y no debe extralimitarse aportando su perspectiva, a menos que sea consultado, dejo el asunto en segundo plano.

Semanas más tarde, el chico es detenido por la policía al encontrarse involucrado en una pelea, por lo que la madre decide ponerlo en conocimiento del padre que ya estaba buscando una solución a los problemas de adaptabilidad de su hijo.

El padre asiste a mi consulta con un evidente desacuerdo; manifestando su necesidad de que invirtiéramos el menor tiempo posible en el problema, incluso ofreciéndose a pagar más, para poder ir más rápido y que esta cuestión no interfiriera en sus obligaciones empresariales, exponiendo además que no entendía que le pasaba a los jóvenes de hoy en día y que él “a los 14 años ya estaba trabajando”.

Propuse a los padres vernos con regularidad semanal para ir trabajando con el tema, antes de involucrar al hijo, lo que terminó convirtiéndose en una intermitencia, primero quincenal y luego mensual para luego desparecer, por la dificultad del padre para atender estos asuntos.

Nunca llegué a ver al hijo, por no considerar que los padres estaban preparados para ofrecer la contención que el problema requería; pero sí pude ver, en los diferentes contactos con la madre, una transformación morfológica en la que comenzaron a ganar dimensión primero sus labios, luego sus pómulos y luego sus pechos de una forma, para mi criterio, demasiado acelerada.

Volviendo a la pregunta, ¿qué es la adicción? Quizás en este momento, usted solo pueda responderse…

Oswaldo Velásquez Muñoz

 

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